en Derecho a la Intimidad

Bajas música, videojuegos y porno: paga

De acuerdo con una nota que publica la BBC (Cash demand over ‘porn downloads’) y que recoge bandaancha.eu, (Protestas de los internautas británicos poniendo el caso español Promusicae vs. Telefónica como ejemplo) en el Reino Unido seis millones de personas descargan música y archivos de películas de forma gratuita cada año, más de la mitad de éstos son menores de 25 años y las redes más utilizadas: Gnutella, eDonkey y BitTorrent.

Esta noticia no tiene nada de novedosa, pero lo curioso de ella ver cómo en la mayoría de países la industria musical o del entretenimiento sigue el mismo patrón para intentar disciplinar a aquellas personas que bajan contenidos de Internet sin pagar los correspondientes derechos de autor. La polémica empezó cuando la Corte Suprema británica decidió que los ISP estaban obligados a proporcionar los datos personales de los clientes que intercambiaban archivos protegidos de una serie videojuegos. Recordemos que en España, la Asociación de Productores de Música de España (Promusicae) intentó hacer lo mismo pero el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas no lo permitió. Ya comentamos este caso en su oportunidad (Operadores de acceso pueden mantener el anonimato de quienes decargan música).

Con estos datos, las empresas propietarias de los contenidos tienen todo un abanico de posibilidades para presionar a los internautas para que paguen por los videos que han descargado. El método empleado en Inglaterra, de forma similar a las políticas seguidas por la Recording Industry Association of America (RIAA) en los Estados Unidos, consiste en el envío de cartas por correo en las que se acusa al destinatario de intercambiar archivos ilegalmente y exigiendo por ello el pago de 500 libras por concepto de compensación. Estas comunicaciones advierten que si no se realiza el pago se tomarán las medidas legales correspondientes, las cuales podrían derivar en un pago superior.

Lo interesante del caso es que mientras que, de acuerdo con la experiencia de los Estados Unidos, en la mayoría de los casos los denunciados se han negado a pagar por el material que han bajado gratuitamente, en Inglaterra podría ocurrir lo contrario, en la medida que una de las compañías que está enviando las comunicaciones es la alemana DigiProtect, la cual acusa a los destinatarios de descargar películas para adultos, en otras palabras de bajar pornografía. Una cosa es que se acuse a las personas de bajar canciones o películas y otra de formar parte de una red que intercambia porno duro.

Una de los principales problemas de la industria del porno antes de la aparición de las nuevas tecnologías era su carácter marginal. Sin embargo, si alguna industria de contenidos puede sentirse satisfecha, en alguna medida, con la aparición de Internet es la del porno. Los portales de Internet y las redes P2P han tomado el lugar de revistas, DVDs y videos VHS. Las posibilidades de búsqueda casi infinita de material porno, el aumento en la cantidad del material sexual transmitido a los usuarios, la velocidad de entrega y la privacidad que se percibe al consumir este tipo productos en Internet han logrado un aumento considerable de la demanda de productos pornográficos (Fabio D’Orlando).

Si el anonimato es una de las características que más valora el usuario que consume pornografía a través de Internet, coincidiremos que DigiProtect es consciente que gran parte de los que han recibido sus comunicaciones pagarán sin chistar el importe requerido, ello por el pánico que tienen de ser relacionados como consumidores de pornografía.

Sin embargo, el problema del tipo de mecanismo empleado por DigiProtect para identificar el uso de sus películas es su falta de confiabilidad. Por ejemplo, tal como señala la nota de la BBC, la creciente popularidad de las tecnologías inalámbricas, Wi-Fi o home networks implican la posibilidad de compartir una conexión de internet con una serie de personas, lo cual dificulta la plena identificación de los posibles consumidores de las películas de DigiProtect.

Si bien es comprensible y hasta entendible que las empresas exijan el pago de estos derechos, el mecanismo empleado por DigiProtect para exigirlos es cuestionable pues afecta una serie de derechos fundamentales como a la reputación y la privacidad. No son los únicos problemas. La perdida de la lealtad de sus posibles consumidores es otro, aunque tratándose de la industria del porno esta última afectación no creo que le importe mucho a DigiProtect.

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Comentario

  1. Sin ánimo de entrar en el manido debate sobre la conveniencia moral, legal o estética de los contenidos pornográficos (mal llamados así, pues a nuestro juicio, estos contenidos no sólo pueden enervar el sentido visual de quien los aprecia con grafías, sino otros sentidos como por ejemplo, el sentido auditivo); la noticia publicada resulta propicia para llamar la atención una vez más (ver artículo publicado por la suscrita en la Revista Debate, N° 20), sobre la digresión entre pornografía y la imaginación pornográfica:

    El autor/ consumidor de imaginación pornográfica tiene como motivación provocar, enervar. Su atención persigue mostrar la contienda carnal lo más “creativa” posible, aunque ésta sea física o temporalmente imposible (cuántos de estos relatos no han narrado proezas desarrolladas en tiempos eternos, infinitos …). Muchas de las posiciones descritas en “Las once mil vergas” de Apollinaire, o en el milenario “Bhagavad Gita” no se pueden realizar debido a las limitaciones naturales del cuerpo humano. Sin embargo, al igual que en la ciencia ficción, la imaginación pornográfica, es un acicate. A este tipo de expresiones corresponden por ejemplo, el ya popular Hentai.

    Mientra la pornografía, se queda en la pura descripción fisiológica, genital, en el mero “agenciamiento particular de órganos…”, de modo que el acto sexual… “ya no es percibido como un dispositivo consumatorio, sino más bien como una urgencia…” Es decir que al presentar la contienda sexual centrándose en lo puramente genital; la pornografía la limita, la aprisiona y refuerza una imagen tradicional del mundo. Por lo que a fin de cuentas, la pornografía resulta siendo conservadora y ortodoxa.

    La imaginación pornográfica por el contrario, manifiesta una actitud crítica hacia la sociedad cuestionando los paradigmas y convenciones hegemónicas ( empezando por la construcción diádica del mundo occidental, construído sobre opuestos; de imposible lectura en los relatos Shivas o Tántricos, en los que la unión sexual es un proceso dialéctico, de intercambio constante de roles y sobre todo de trascendencia; por citar un ejemplo). Mientras que en los relatos pornográficos pareciera ser que los personajes van de compañero sexual en compañero sexual sin que aparentemente dejen huella de su paso, en la imaginación pornográfica siempre hay un “después” que puede tener consecuencias liberadoras o destructivas según la historia.

    Una obra de imaginación pornográfica puede ser incluso política, en tanto es transgresora de los límites sociales (de las díadas: bueno-malo, masculino-femenino, arriba-abajo, proletario-capitalista) y de los roles sexuales típicamente aceptados, utilizando el sexo (lo que constituye quizá el más grande campo de lucha de poderes) de dos posible maneras: Como un elemento liberador/reinvindicador o como un elemento de denuncia.

    Y entonces, ¿sirve de algo la imaginación pornográfica? Por su carácter transgresor, la imaginación pornográfica, puede ser una poderosa arma discursiva de oposición. Y al ser ficción (al igual que la ciencia ficción) puede ser incluso más efectiva, pues facilita abordar temas que quizá serían difíciles de considerar por otros canales más “académicos”. Por todo esto las expresiones de imaginación pornográfica pueden constituir un acto político de contestación y si es escrito por una mujer, se convierte en un acto aún más transgresor.